domingo, 19 de noviembre de 2017

Desvíos

La multimedialidad me ofrece nuevas alternativas, elementos que el lenguaje, respaldado en su finitud, no me revela. Yo quiero vomitar esa espina, ese fantasma que me habla sobre deseos del pasado, ese stop motion cargado de imágenes distorsionadas, esos fragmentos que por las noches se reproducen en mi habitación, pero no encuentro los recursos. Me convertí, de pronto, en el enemigo; no sé hablar desde la geósfera de mi disfrazado dolor. Soy una polifonía de llantos en mis relatos, sólo en esa cueva aparezco durante unos minutos. El resto del tiempo me encuentro escondida. No quiero ser descubierta ni rescatada. 

¿Sabes qué imagino a esta hora, poeta del océano? Un paralelismo visual atravesado por esa canción de Javiera Mena; a la izquierda, tú, dejándote descifrar por una paleógrafa que se graduó con honores de tu cuerpo inquieto; y a la derecha, yo, tachando los días en el calendario.

Me siento a mirar el minutero. El olor a cebolla se traduce en frases sueltas. Tienes el perfume de un naranjo en flor, el altivo porte de una majestad. Camino por Concepción y, de pronto, te cuelgas a mi cuello para besarme en la mejilla, y yo, a fingidos regañadientes, me inclino hacia tu lado. Mujer, tú me haces caminar, distancias recorrer. Y ya cada vez hay menos escenas; primero se muestran difusas, luego son sólo representaciones ajenas a mi memoria y, finalmente, desaparecen. Es una especie de enfermedad degenerativa, una herida que a veces retengo. Pero esta vez se marcha, como una supernova, se convierte en una historia de dominio público. Y me alegro, porque sí que saben quererte, corazón

sábado, 18 de noviembre de 2017

REM

Todo lo que escribo es aburrido
lo que acabo de redactar también lo es
si distribuyo la información en versos
todo parece más serio y reflexivo
una se adentra con más cuidado en la poesía
porque se imagina a la poeta ahí 
desvaneciéndose cada tres palabras

sucede que escribo a menudo
pero ya nada me gusta 
el basurero está colmado de manuscritos
con zonzas frases en su interior
¿a dónde se fueron esas lúcidas reflexiones de la calle?
se estancaron en el arroyo de una cíclica jornada de trabajo

inyéctale un poco de chispeza a tus poemas
me sugirieron en un taller literario
voy a jugar con el lenguaje
lo destruiré y luego llenaré las grietas
con todas esas mierdas que escribí sólo para no perder la constancia
ex   pe    ri    men     ta   ré
veamos si el caos me logrará despertar  
se me acaba de ocurrir algo
ya sé cómo iniciar mi siguiente poema:
TODO lo que escribo ES aburrido.


martes, 24 de octubre de 2017

Oasis

no sé si a veces se acaban las historias
o si se agotan los recursos narrativos
si me llegasen a preguntar eso en la calle
yo diría que es peor lo primero

anoche, por ejemplo, vinieron por mí
ni nombre ni rostros recuerdo
parecía el extracto de un film policíaco 
por fin sorpresas, pensé mientras me escondía
y buscaba una libreta en los bolsillos de mi abrigo
para registrar cada escena de esa caótica noche
pero desperté a las cinco de la madrugada
y lo único que vi fue un libro de Roberto Bolaño
junto a unos relatos de Cristina Peri Rossi

entonces me paré y prendí la televisión
y de inmediato entendí que el miedo 
es sólo un sucedáneo allá 
en la quimérica región de la noche
y que aquí reside el auténtico terror


lunes, 23 de octubre de 2017

Inconclusa

Soy tantas cosas a la vez
un nudo abordado multidisciplinarmente 
del Norte o del Sur
yo elijo desde qué punto de mi habitación
observo el globo terráqueo

Me encuentro fragmentada
a veces la ciencia me resuelve
y otras, en cambio
la filosofía me enmaraña

Se dice tanto de mí 
en las calles y en los libros
pero lo que oigo 
es más bien un cuchicheo
unidades fonológicas
que no logro articular

¿Y después qué sigue?
¿el nacimiento del Eigentlichkeit?
¿la reencarnación?
¿la decomposición de la carne?
¿la vida eterna?
¿la nada?

Y después de todo
¿qué le debo al lenguaje?
el tiempo me sacudirá con crueldad
y no seré más que una Obsidiana
a merced de los deseos de un lector 
que juega a entender 
los terrenos baldíos de la literatura

viernes, 13 de octubre de 2017

La muerte del forastero

Vine a explorar el naufragio.
Las palabras son propósitos.
Las palabras son mapas.
Vine a ver el daño que se hizo
y los tesoros que todavía quedan.

-"Buceando hacia el naufragio" (1972), Adrienne Rich.


Yo sé cuál es tu problema, dice la extraña. De seguro es algo que no quiero oír, contesta el forastero. Eres muy análogo, deberías aprender un poco de los nativos digitales, sugiere la extraña. No sólo las páginas web se actualizan constantemente, sino también toda esa información que conocemos del mundo, explica la extraña. ¿Entiendes, forastero?, el dolor es igual de instantáneo y superficial

¿Sabes lo que pasa?, tengo miedo, extraña, mucho miedo. Pienso en el pasado y en el futuro cada mañana. Y en todos lados es lo mismo; en casa me siento como un escarabajo cuando los demás hablan sobre sus viajes de trabajo; en los eventos sociales me pregunto qué pensará la gente de mí, ¿consideran los hijos del capitalismo que soy un miserable que sólo sueña con cosas que nunca sucederán?; y en la micro soy incapaz de mantener una conversación que exceda los dos minutos. Al parecer, eres más millennial de lo que creía, dice la extraña. Un millennial con una fuerte resistencia al olvido, agrega. 

Tú eres todo lo que yo debería ser, afirma el forastero. Todo fluye tan rápido que siempre, de una u otra manera, me quedo atrás. Mis amigos tienden a cuantificar las experiencias, dicen que ya ha pasado un mes y que, además, ella ahora está con otra persona. ¿Es sano acaso ansiar la permanencia?, pregunta la extraña. No, yo me refería a la estabilidad, contesta el forastero. La estabilidad es, en realidad, una forma macabra de simplificar la complejidad de las emociones, señala. Es como la metáfora de la noches; conoces a alguien en una fiesta, surgen las más inusuales pero interesantes conversaciones entre ustedes, y ese atractivo juego de brillantes respuestas se prolonga hasta que acaban en la cama. Quizás después de desayunar intercambian sus números, programan una próxima salida y se despiden con un cortés beso en la boca, pero eso sólo queda en palabras, porque nunca más se vuelven a ver, pese a que lo desean. Así de dinámica es todo, acostúmbrate, forastero.

Forastero, ella no necesita ser salvada. Nadie lo necesita, en realidad. Cualquier persona nacida en este maldito siglo de las máquinas es fuerte. ¿Crees acaso que ella no se intenta rebelar, al igual que tú, contra este sistema que ni los aromas retiene?, ¿de verdad aún deseas borrar un trozo compartido de tu memoria? Reconstruir y, más aún, reivindicar la memoria es un acto revolucionario. Mírame, forastero, porque será lo último que diré antes de irme: cuando la ciudad se inunde de mierda, no dejes que colonicen tus pensamientos.  

martes, 10 de octubre de 2017

El adolescente juego de lo indecible

Recuerdo las tardes de domingo en ese negocio pueblerino, cuyo nombre nunca me aprendí. El dueño era fanático de la música de los ochenta, de modo que siempre sonaba el mismo disco cuando entrábamos a comprar papas fritas. Todas, menos yo, adoraban a Morten Harket en ese lugar. Mi atención descansaba en la protagonista de Take on me. Yo quería bailar, al interior de dicho cómic, junto a ella. Sólo eso quería: bailar con ella y quizás ver un capítulo de Ciencia Traviesa tendidas en la cama. No habría sugerido nada más, porque mis primeras inquietudes lésbicas aparecieron recién en 2008. En ese entonces, yo me paseaba por los pasillos del colegio con Claudio, un chico de primero medio que tocaba la batería. Pero yo pensaba en esa compañera de curso que sólo se acercaba a hablarme cuando nos encontrábamos fortuitamente en alguna fiesta clandestina. Nuestras breves conversaciones, en aquellos momentos, siempre fueron insustanciales; "la música de este lugar me aburre mucho", me decía, y yo le respondía con algún chiste malogrado. 

Todos los hombres del colegio la codiciaban, como si de una mercancía se tratase. ¿Te la agarraste?, se preguntaban en los pasillos, sin disimulo alguno. Tan cosificada, tan violentada, tan entregada a la heterosexualidad. Es una mujer moderna, comentaba mi compañera de puesto, con un ápice de envidia. Su corto y dorado cabello le daba un sutil parecido a Bunty Bailey. 



Nuestros grupos a veces coincidían. A ella le gustaba tomar vino en caja y a mí fumar yerba en ese lugar que se convertiría más tarde en nuestro catedrático espacio de exploración. Nos veíamos todos los lunes detrás del colegio. Hablábamos acerca de nuestros dramas familiares, nos reíamos de la mamás que solían asistir a las reuniones de curso, imitábamos al profesor de educación física que nunca corría y nos recostábamos sobre el pastizal. ¿Acaso intentábamos recrear las escenas de Lost in translation? ¿Intentábamos, como ellos, resignificar las noches?, ¿o sólo nos embarcamos en la aventura de desmitificar la idea de que el lunes es el día más aburrido de la semana? De igual manera, yo acababa con los labios morados y ella con restos de cogollo en su bufanda. 

De pronto, la conversación no se pudo postergar más. ¿Ves lo que hay aquí?, me preguntó una tarde. No sé a qué te refieres, mentí. Y así, las consultas nos terminaron por alejar. 

¡Oye!, repite numerosas veces mi mamá. Acabo de saludar a esa niña que fue tu compañera en el colegio, me comenta. Por Dios, cómo tan despistada, agrega, pero yo, en lugar de escuchar, camino hacia la sección de ropa juvenil, y ahí la veo, de espaldas conversando con un sujeto de camisa holgada. Ella no tarda en voltear, y lo primero que veo es su panza; está embarazada. Y entonces, sin siquiera dar un paso, nos despedimos con una cómplice mirada, como si estuviésemos cerrando un callejón que ambas fundamos años atrás.

Luego de abandonar el centro comercial, me subo a la micro e intento dormir en el último asiento. Mi mamá en menos de un minuto inicia conversación con uno de los pasajeros. La luz se asemeja a la iluminación de las discotecas. La música de los ochenta contribuye a la escenificación. Un frenazo me despierta y sólo alcanzo a escuchar el extracto de esa canción que, de cierta manera, me interpela preguntando melódicamente: "is it life or just to play?". Esto lo debo escribir, murmuro, y me río.

lunes, 2 de octubre de 2017

Nouvelle vague

Qué aburrido, ¿no te parece?
en esta ciudad nada extraordinario sucede
es como vivir adentro de una pieza de Edvard Grieg

pero yo desconfío de la tranquilidad
de la quietud del relato
una tarde en la calle de la resistencia es suficiente
mis hermanas corren detrás de los sicarios
y yo atónita las observo
hasta que de pronto alguien me agarra del brazo
y me grita: ¡ahí vienen!

entonces me siento como en los sobresaltos
de la segunda y tercera parte de Bohemian Rhapsody
el quiebre de una canción
el quiebre de la mesura
el quiebre de la inocencia

el horror de una ciudad cubierta de centros comerciales
sangre escondida bajo el zaguán
aquí suceden muchas cosas
si te lo contara tal vez no me creerías

¿qué sueñan los edificios?
me pregunto mientras camino sobre las agrietadas aceras
¿acaso crece algo en este lugar?
¿dónde se almacena nuestra memoria?

Por eso no me acerqué a ella cuando reconocí su rostro
entre mochilas y cascos verdes
¿acaso crece algo en este lugar?
te pregunto de nuevo
si hasta la voz nos arrancaron.