viernes, 30 de agosto de 2024

Soy la que llama y todas las flores que no acaban por ser en mi regazo

Pero me embarga a veces
la sombra de la duda
que por mi mente pasa
como fatal visión

Violeta Parra


Amores mezquinos, fabricados a la medida de la noche, de esos muchos. Flores, en cambio, nada. Haga usted de aquellos pétalos mi manta y del cáliz mi fortuna. Podría ser que me dé por conocida, después de todo, soy de las pocas operadoras de call center que van quedando en este pueblo. Soy la que llama sin ser llamada. Usted, la florista del centro comercial que de tanto oír lo mismo todos los días ha decidido enmudecer. ¿Se acuerda usted del fango y las frambuesas y los ratones corriendo a la par y la flor del cerezo y el primer beso rojo y azucarado?

De entrada sólo la conozco y, sin embargo, sé que lo recuerda. Regresaba a casa, ¡y era tanta la dicha que hasta se amigaba con los mosquitos en el camino! Se trataba de la humedad del verano, que con tanta naturalidad advertía los espasmos del primer amor. 

Sus manos antes en la huerta y ahora en la caja, contando el dinero de quienes pidieron levantar este centro comercial. Pero no se retraiga, mi caso no es menos desalentador, digo, se puede compadecer de mí y de todas las flores que no acaban por ser en mi regazo. Era yo antes una pajarita que comía y recolectaba lo que pillase en la tierra. Y hoy, la que llama sin ser llamada. Son tantas los años frente a la computadora que ya no recuerdo mi nombre. ¿Le pasa lo mismo? A riesgo de que no me responda nuevamente, ¿le habla a veces al musguito que se cuela a través de la ranura de la ventana? Es el único organismo visible en este espacio capaz de hacer fotosíntesis, después de nosotras. Hablo de la vida, no de estos polímeros disfrazados de plantas que aspiran a la inmortalidad. 

Si tan sólo me hablase y entonces recordase el fango y las frambuesas y los ratones corriendo a la par y la flor del cerezo y el primer beso rojo y azucarado. Ya ve: yo también me oculto. Es la artificialidad la némesis de la memoria, la estación donde perecen todas las amantes. Considere, no obstante, que incluso entre el asfalto la hierba se las ingenia para crecer.